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Hacia sistemas alimentarios sostenibles

El proceso de producir alimentos es extraordinariamente complejo. No sólo incluye a los agricultores y pescadores, sino también a quienes desarrollan nuevas tecnologías, los proveedores de insumos  y los encargados del transporte, almacenamiento, elaboración y comercialización de alimentos. Todas las personas son, además consumidores, y sus decisiones ayudan a determinar la magnitud de la demanda global de alimentos.

El tema del Día Mundial de la Alimentación de este año, que la FAO celebra cada 16 de octubre, es Sistemas alimentarios sostenibles para la seguridad alimentaria y la nutrición, y se trata de una invitación a plantearse cómo están funcionando estos sistemas.

Las cosas han cambiado mucho en los últimos sesenta años: la disponibilidad media de alimentos por persona ha aumentado en un 40%, a pesar de que la población mundial se ha triplicado. Se trata de un logro extraordinario, y muchos economistas lo citarían como prueba de la eficacia del mercado al inducir una respuesta adecuada de la oferta frente al crecimiento de la demanda mundial.

Sin embargo, al examinar los sistemas alimentarios con un poco más de atención, comprobamos que presentan grandes defectos. Su mayor fracaso es que, a pesar de contar con abundantes suministros, la salud de la mitad de la población mundial se ve afectada por un consumo demasiado bajo o excesivo de alimentos. La hambruna ocurrida hace tres años en Somalia cobró la vida de 260.000 personas, un recordatorio terrible de que el mercado mundial de alimentos funciona bien para los que tienen dinero, pero no responde a las necesidades de los pobres.

Cerca de 840 millones de seres humanos se enfrentan a diario al hambre. La salud de otros 2.000 millones se ve amenazada por el déficit de nutrientes. En el otro extremo, hay 1.500 millones de personas obesas o con sobrepeso. Está claro que el mercado por sí solo no traduce automáticamente la disponibilidad de alimentos en mejor nutrición, salud, productividad y felicidad.

Su fracaso más evidente radica en que los que tienen mayor necesidad de alimentos no pueden -debido a su pobreza- traducir esa necesidad en demanda efectiva y viven atrapados en un círculo vicioso del hambre. Que el hambre persista en un mundo de abundancia de alimentos es algo realmente escandaloso.

El otro fallo importante se refiere a la insostenibilidad de muchos de los sistemas alimentarios. Gran parte del extraordinario crecimiento de la producción de alimentos ha supuesto una mayor presión sobre los recursos naturales, lo que ha llevado a suelos degradados, fuentes de agua contaminadas, bosques destruidos, océanos sobreexplotados y una menor biodiversidad, dañando nuestra capacidad para satisfacer las necesidades alimentarias de las generaciones futuras.

Los sistemas agrícolas intensivos -junto con el desperdicio de alimentos a gran escala- se han convertido también en una importante fuente de emisiones de gases de efecto invernadero que contribuyen a impulsar el cambio climático.

Una segunda paradoja afecta a los productores y agricultores: aunque han ampliado enormemente la disponibilidad de alimentos, las barreras comerciales y las políticas de subsidios de los países desarrollados y el limitado poder de negociación que tienen respecto a las grandes empresas comerciales, agroindustrias y minoristas, ha dado lugar a una creciente concentración de la pobreza en las áreas rurales de muchos países en desarrollo. Hoy el 70% de las personas que padecen hambre en el mundo viven en zonas rurales.

Estoy seguro de que podemos hacerlo mucho mejor en ambos frentes. Gracias a muchos países que se han comprometido a garantizar el derecho humano a la alimentación de todos sus ciudadanos, hoy hay múltiples ejemplos de que el hambre y la desnutrición se pueden reducir rápidamente con medidas directas, tales como los programas de alimentación escolar y las transferencias en efectivo a las familias más pobres, programas que pueden estimular los mercados locales de los pequeños campesinos.

El comercio justo, el movimiento slow food y la certificación de alimentos y productos forestales a partir de recursos gestionados de manera sostenible, están fomentando el desarrollo de sistemas alimentarios sostenibles, y permitiendo a los consumidores tomar decisiones que mejoren las condiciones de vida de agricultores y pescadores y les alienten a asumir prácticas de producción sostenibles.

Los países miembros de la FAO han confirmado recientemente las dos principales prioridades de la organización: trabajar por la rápida erradicación del hambre y la malnutrición y acelerar el cambio hacia sistemas sostenibles de producción y consumo de alimentos. Estoy convencido que ambas cosas están al alcance de la mano, pero requieren cambios y nuevas actitudes que nos involucran a todos, desde el productor del campo hasta las mayores autoridades políticas del planeta, pasando por cada uno de nosotros.

JOSÉ GRAZIANO DA SILVA, Director General de la FAO, rlc-prensa@fao.org

EL UNIVERSAL, miércoles 16 de octubre de 2013